Equipos: de las actividades de teambuilding al trabajo del día a día

Las actividades de desarrollo de equipo (teambuildings) se realizan bajo el paradigma “proporcionamos experiencias de trabajo compartido a los equipos y si son capaces de enfrentar los desafíos lúdicos que se les presentan, podrán lleva este aprendizaje al trabajo del día a día”.

Pero la experiencia verifica muchas veces, que esto no sucede. Se realizan excelentes experiencias outdoors e indoors, incluso en los momentos de reflexión se obtienen excelentes conclusiones, pero…el día lunes volvemos a la oficina y nos espera una bandeja de entrada con muchos mails para responder, plazos que cumplir y pedidos que satisfacer. La actividad queda retratada en las redes sociales y poco más…el efecto benéfico producido por la actividad se pierde al poco tiempo.

Si todo funcionó bien, el equipo encontró durante la actividad algunos modos de funcionamiento que reflejan, develan más bien, cómo funcionan en el día a día. Este “darse cuenta” es importante, ya que empezar a mirar los comportamientos del equipo con otros ojos, brinda un plus de comprensión acerca de los obstáculos que se presentan en el logro de los objetivos.

¿Pero, por qué no es posible aplicar y sostener esos aprendizajes en la vuelta al trabajo?

Esbozo aquí algunos motivos:

Inercia: por más que en el transcurso de la actividad, nos hemos dado cuenta qué es lo que debemos cambiar, es muy fácil caer en viejas rutinas, y volver a repetir comportamientos que no dieron resultado.

Cultura de la organización

  • ¡Jugar estuvo bien, pero…ahora pongámonos a trabajar!”
  • No hay cultura de celebrar los logros de equipo.

Diseño didáctico: La coordinación de acciones requerida en el día a día es distinta a la coordinación de acciones requerida por los desafíos, físicos o intelectuales que proponen los juego y/o actividades propuestas.

Tiempos

  • Los tiempos del juego no son los tiempos del proceso productivo o el de la prestación de nuestro servicio.
  • En las actividades outdoor el esfuerzo solicitado al equipo dura lo que el juego o la dinámica. En el día a día en cambio, se le pide al equipo un esfuerzo sostenido y de largo alcance. En la actividad corta no hay entonces la oportunidad de poner en juego la perseverancia, la resiliencia, la constancia etc. Podemos decir que mientras que la actividad outdoor es una carrera corta, lo que la organización le pide al equipo, es un maratón de largo alcance.

Estructura organizacional/políticas:  Los sistemas de evaluación del desempeño, de motivación y recompensas, no están alineados con lo que pasó en el juego/actividad: mientras que el juego premia el logro del equipo, en la empresa se sigue premiando muchas veces, el esfuerzo individual.

¿Con que se queda la gente entonces luego de la actividad? Si! Lo pasamos bien, fue divertido, pero…el trabajo es otra cosa.

¿Entonces?

En suma, de la mano del aprendizaje vivencial, los consultores ofrecemos a los equipos experiencias que intentan poner en juego las competencias necesarias para un buen trabajo en equipo: confianza, confrontación, compromiso, liderazgo, coordinación de acciones, orientación a los objetivos, con la esperanza de que estas conductas sean transferidas a la tarea, pero…muchas veces esto no sucede por alguna de las razones mencionadas.

Será necesario para sostener en el tiempo los resultados buscados, proponer otras herramientas que ayuden al equipo, como por ejemplo el coaching de equipo, al que nos referiremos en próximos artículos.

Lic. Sergio Gutman

Ing. Rafael Carchak Canes

Comunicación en el trabajo: ¿Para qué estoy hablando?

Una pregunta para mejorar el resultado económico de tu empresa y contribuir al bienestar en el lugar de trabajo.

¿Alguna vez te hiciste esta pregunta cuando está conversando en una reunión de trabajo?

Los humanos vivimos continuamente inmersos en conversaciones, ya sea con nosotros mismos o con otros. Es como respirar, lo hacemos sin estar conscientes que lo estamos haciendo. Tampoco nos damos cuenta que el conversar tiene consecuencias y menos aún estamos acostumbrados a hacernos cargo de esas consecuencias.

Para ilustrar voy a dar un ejemplo: Supongamos que me reúno con un colega de trabajo para resolver una situación importante para el negocio. Apenas arranca la conversación, empezamos a discutir. Finalmente yo “gano” la discusión, pero mi colega se levanta y se va de mi oficina enojado.

¿Cuál fue el costo de mi “ganar”?: no pude con mi ego, la situación quedó sin resolverse y la relación con mi colega quedó resentida.

Esto sucedió porque no me pregunté durante la reunión “¿para qué estoy hablando?”. Perdí de vista la importancia de resolver la situación que afecta el negocio, me dejé llevar por el impulso de demostrar que tenía razón, y no tuve en cuenta el impacto de mi actitud sobre la relación a largo plazo con mi colega.

Si queremos ser más efectivos en el lugar de trabajo, tenemos que tener en cuenta que el hablar, como toda acción humana, tiene un propósito y consecuencias. Bien usadas, las conversaciones pueden servir para resolver problemas, crear oportunidades de negocio y construir relaciones constructivas con nuestros colegas. Usadas de manera irresponsable pueden dilapidar tiempo, provocar pérdidas al negocio, dañar el clima de trabajo y generar conflictos que se prolongan en el tiempo.

Las reuniones de trabajo, sobre todo cuando involucran varias personas, están plagadas de estos riesgos que se pueden evitar si cada partícipante se pregunta “¿para qué estoy hablando?” ¿Estoy contribuyendo a resolver el problema (o crear una oportunidad) y a fortalecer la relación a largo plazo con mis interlocutores? Si la respuesta es que no, es momento de dejar de hablar. Detenerme unos segundos y pensar cómo puedo reenfocar mi aporte de manera constructiva.

Hacer esta pregunta servirá para mejorar en el resultado económico de la empresa y en el bienestar de las personas en el lugar de trabajo.

Comunicación en el trabajo: ¿Para qué estoy hablando?

Una pregunta para mejorar el resultado económico de su empresa y contribuir al bienestar en el lugar de trabajo.

¿Alguna vez te hiciste esta pregunta cuando estás conversando en una reunión de trabajo?

Los humanos vivimos continuamente inmersos en conversaciones, ya sea con nosotros mismos o con otros. Es como respirar, lo hacemos sin estar conscientes que lo estamos haciendo. Tampoco nos damos cuenta que el conversar tiene consecuencias y menos aún estamos acostumbrados a hacernos cargo de esas consecuencias.

Para ilustrar voy a dar un ejemplo: Supongamos que me reúno con un colega de trabajo para resolver una situación importante para el negocio. Apenas arranca la conversación, empezamos a discutir. Finalmente yo “gano” la discusión, pero mi colega se levanta y se va de mi oficina enojado.

¿Cuál fue el costo de mi “ganar”?: no pude con mi ego, la situación quedó sin resolverse y la relación con mi colega quedó resentida.

Esto sucedió porque no me pregunté durante la reunión “¿para qué estoy hablando?”. Perdí de vista la importancia de resolver la situación que afecta el negocio, me dejé llevar por el impulso de demostrar que tenía razón, y no tuve en cuenta el impacto de mi actitud sobre la relación a largo plazo con mi colega.

Si queremos ser más efectivos en el lugar de trabajo, tenemos que tener en cuenta que el hablar, como toda acción humana, tiene un propósito y consecuencias. Bien usadas, las conversaciones pueden servir para resolver problemas, crear oportunidades de negocio y construir relaciones constructivas con nuestros colegas. Usadas de manera irresponsable pueden dilapidar tiempo, provocar pérdidas al negocio, dañar el clima de trabajo y generar conflictos que se prolongan en el tiempo.

Las reuniones de trabajo, sobre todo cuando involucran varias personas, están plagadas de estos riesgos que se pueden evitar si cada partícipante se pregunta “¿para qué estoy hablando?” ¿Estoy contribuyendo a resolver el problema (o crear una oportunidad) y a fortalecer la relación a largo plazo con mis interlocutores? Si la respuesta es que no, es momento de dejar de hablar. Detenerme unos segundos y pensar cómo puedo reenfocar mi aporte de manera constructiva.

Hacer esta pregunta servirá para mejorar en el resultado económico de la empresa y en el bienestar de las personas en el lugar de trabajo.

¿Para qué estoy haciendo lo que estoy haciendo?

Una pregunta clave para lograr nuestros objetivos y sentirnos bien.

¿Te pasa que trabajas intensamente, muchas horas, y al final del día sentís que quedaron pendientes temas muy  importantes?

Todo trabajo, sin importar cuál sea, involucra conversar, pensar y desarrollar actividades. El secreto es concentrar el 80% de nuestro tiempo a aquel 20% de conversaciones, espacios de reflexión y actividades que nos permitan lograr nuestros objetivos (o los resultados por los que debemos rendir cuenta).

Para determinar cuán efectivos estamos siendo en aprovechar nuestro tiempo, basta hacer un registro de los temas y tiempos que hemos dedicado durante una semana “típica” de trabajo. Es un ejercicio muy revelador y que motiva a mejorar.

Recomendaciones:

  • Antes de iniciar cada día, decidir cuáles 2 o 3 cosas necesitamos hacer en el 80% de nuestro tiempo, dejando un 20% para contratiempos e imprevistos. Si no, el famoso “día a día” (mails, interrupciones, distracciones, etc.) se encargará de ocupar casi todo nuestro tiempo.
  • Antes de comprometernos a algo nuevo, asegurar que conduce al logro de nuestros objetivos. Disponemos de varias opciones antes de decir SI:
  • Decir que NO, sin temor a dañar la relación con el otro. Pensá que un SI fácil probablemente resultará en incumplimiento y defraudar a tu interlocutor.
  • Delegar: Pedirle a otra persona que se haga cargo. Algún colaborador puede entusiasmarse ante la oportunidad de aprender y la confianza demostrada al pedir su colaboración.
  • Negociar: Postergar o parcializar el cumplimiento del pedido. Es clave ser realistas al dimensionar el tiempo que nos demandará conversar, pensar y hacer tareas teniendo en cuenta los compromisos ya asumidos con nosotros mismos y otros. Esto además ayuda a cumplir los compromisos y construir relaciones de confianza.

 

Si a pesar de estas precauciones durante el día nos encontramos involucrados en imprevistos que nos demoran o desvían de nuestros objetivos, preguntarnos ¿Para qué estoy haciendo lo que estoy haciendo? y volver a las opciones ya planteadas. Convertir en hábito hacernos esta pregunta ayuda a mantener el foco en lo importante y poder terminar el día sintiéndonos gratificados.