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¿Decimos SI cuándo querríamos decir NO?

Dificultades en la comunicación

No es No,… y hay una sola manera de decirlo: No..

Sin admiración, sin interrogantes, ni puntos suspensivos.

No: se dice de una sola manera.

Es corto, rápido, monocorde, sobrio y escueto.

No: se dice de una sola vez. Con la misma entonación.

Un No que necesita de una larga caminata o una reflexión en el jardín no es No.

Un No que necesita de explicaciones justificadoras, no es No.

No, tiene brevedad.

No: No deja puertas abiertas ni entrampa con esperanzas.. Ni puede dejar de ser.

No, aunque el otro y el mundo se ponga patas arriba.

No, es el último acto de dignidad.

No, es el fin de un libro, sin más capítulos ni segundas partes.

No, no se dice por carta, ni se dice con silencios, ni en voz baja, ni gritando

Ni con la cabeza gacha, ni mirando hacia otro lado, ni con símbolos devueltos,

Ni con pena, aún menos con satisfacción.

No, es No.

Cuándo el No es No, se mirará a los ojos y el No se descolgará naturalmente

de los labios.

La voz del No no es trémula, vacilante, ni agresiva, no deja lugar a dudas.

Ese No, no es una negación del pasado, es una corrección a al futuro.

Y sólo quién sabe decir No, puede decir Si.

 

Comunicación en el trabajo: ¿Para qué estoy hablando?

Una pregunta para mejorar el resultado económico de tu empresa y contribuir al bienestar en el lugar de trabajo.

¿Alguna vez te hiciste esta pregunta cuando está conversando en una reunión de trabajo?

Los humanos vivimos continuamente inmersos en conversaciones, ya sea con nosotros mismos o con otros. Es como respirar, lo hacemos sin estar conscientes que lo estamos haciendo. Tampoco nos damos cuenta que el conversar tiene consecuencias y menos aún estamos acostumbrados a hacernos cargo de esas consecuencias.

Para ilustrar voy a dar un ejemplo: Supongamos que me reúno con un colega de trabajo para resolver una situación importante para el negocio. Apenas arranca la conversación, empezamos a discutir. Finalmente yo “gano” la discusión, pero mi colega se levanta y se va de mi oficina enojado.

¿Cuál fue el costo de mi “ganar”?: no pude con mi ego, la situación quedó sin resolverse y la relación con mi colega quedó resentida.

Esto sucedió porque no me pregunté durante la reunión “¿para qué estoy hablando?”. Perdí de vista la importancia de resolver la situación que afecta el negocio, me dejé llevar por el impulso de demostrar que tenía razón, y no tuve en cuenta el impacto de mi actitud sobre la relación a largo plazo con mi colega.

Si queremos ser más efectivos en el lugar de trabajo, tenemos que tener en cuenta que el hablar, como toda acción humana, tiene un propósito y consecuencias. Bien usadas, las conversaciones pueden servir para resolver problemas, crear oportunidades de negocio y construir relaciones constructivas con nuestros colegas. Usadas de manera irresponsable pueden dilapidar tiempo, provocar pérdidas al negocio, dañar el clima de trabajo y generar conflictos que se prolongan en el tiempo.

Las reuniones de trabajo, sobre todo cuando involucran varias personas, están plagadas de estos riesgos que se pueden evitar si cada partícipante se pregunta “¿para qué estoy hablando?” ¿Estoy contribuyendo a resolver el problema (o crear una oportunidad) y a fortalecer la relación a largo plazo con mis interlocutores? Si la respuesta es que no, es momento de dejar de hablar. Detenerme unos segundos y pensar cómo puedo reenfocar mi aporte de manera constructiva.

Hacer esta pregunta servirá para mejorar en el resultado económico de la empresa y en el bienestar de las personas en el lugar de trabajo.